—Creo que tu manera de solucionar las cosas es más formal que de fondo.
—Bueno, quizá la formalidad, el protocolo, terminan por imponerse. Es la dictadura de la forma sobre el fondo. La máscara es terca y siempre lleva ventaja. El continente no suele hacer demasiadas concesiones y es el contenido el que tiene que adaptarse. Solo hay que esperar a que la arcilla se seque. Así que tiempo al tiempo...
—No te andes por las ramas. Y atiéndeme. Tú no te dejas estar mal cuando tienes que estar mal. O no del todo.
—¿Y eso?
—Piénsalo.
—Quizá tengas razón. No me dejo estar mal.
—¡Piensa! Sé honrado contigo mismo.
—¡Hostia!
—¿Qué?
—¡Es cierto!
—¿Me estás dando la razón como a los locos?
—No, no...
—Te daría un discursito, pero paso.
—Pero es verdad eso que has dicho...
—Tienes que dejarte pasarlo mal. Sin rabietas. Sin gestos simbólicos. Luego ya vendrán los gestos, pero los de verdad.
—No puedo permitírmelo.
—¿Por qué?
—Pues...
—¿Por qué?
—Porque no tengo derecho a estar mal.
—¿Y entonces qué haces cuando te duelen las cosas, cuando deberían dolerte?
—Aplazo el dolor. Meto el dolor a plazo fijo en una cuenta. No hay que ponerse tan dramático, joder. Es que soy muy ahorrativo.
—Pero si no dejas que te duelan las cosas cuando tendrían que dolerte, llegará un momento en que se te acumulará tanto dolor, intereses incluidos, que no vas a poder soportarlo.
—La realidad de la que huyes prepara su venganza...
—¿Qué?
—Es una cita. Lo dijo no sé quién.
—Oye.
—Dime.
—No puedo contigo, dejémoslo.