Hay momentos trascendentales en la vida de una persona, en la historia de un país. En esos momentos, para los que no se suele estar preparado porque no son la primera comunión ni el día de tu boda ni la fiesta de la Hispanidad, que suelen llegar demasiado pronto o demasiado tarde, cuando llegan, uno reacciona o no reacciona. Lo hace con valentía o se caga. Con honradez o mintiéndose. Sale adelante o no. Pero algo cambia. Siempre. Puede parecer que no, pero cambia. Para bien, para mal o para no se sabe.

Son momentos. Puertas que se abren o se cierran. Trenes que se cogen o no. Hostias que encajas o te derrumban.

Todo lo demás, en la vida de una persona, en la historia de un país, se rellena con teorías, tergiversaciones, arrepentimiento, mentiras piadosas o flagrantes, mucho morro, tristeza... O el alivio de haber actuado como se debía en ese momento trascendental. En fin, todo lo demás es literatura. Y casi siempre mala. Y mientras me pregunto por cuántos votos se cotiza en las encuestas la sangre de un guardia civil (¿200.000, 250.000?), multiplicado por dos (¿medio millón?), la de 190 personas un maldito 11 de marzo, me cago en todos los Paulos Coelhos de la vida, los Píos Moas de la historia y en sus santas madres que no tienen culpa de nada.