Corrígeme si me equivoco, pero más o menos fue así.

Yo leí esto:

Y te dije mira lo que he leído. Me siento identificado. Soy un especialista en disfrazar la crudeza. ¿No es este blog, de un tiempo a esta parte, una versión glaseada de mi vida?

Después de pensarlo mucho, tú me respondiste esto:

Escucha atentamente mis palabras, pequeño saltamontes: Sí, la crudeza es muy cruda. Vamos, es cruda que te cagas, la crudeza. Pero es un simple estado, y es necesario para ver las cosas desnudas, para darnos cuenta de lo que es real y de los adornitos que hemos ido añadiendo para nuestro propio disfrute o por pura conveniencia (para ir tirando, casi siempre). Y para, a partir de ahí, engañarnos lo menos posible. Lo duro es regodearse en la crudeza, quedarse ahí, creer que todo es así de desnudo siempre, porque eso es mentira. Quitar los adornitos que hemos ido poniendo no quiere decir que la cosa ya no valga, sino que no es como la habíamos querido ver. Pero no tiene por qué no ser valiosa, de otra manera. De otra manera más real. Yo qué sé. Es una idea. Soy carne de condescendencia, ya lo sé. Pero ojo, que al querer bajar tan generosamente a mi mediocre nivel intelectual a veces acabas pareciendo más tontico tú que yo. A veces, eh.

Y yo, anoche, pensaba en lo que me habías escrito. En la crudeza y su condición de simple estado (¿qué cojones querías decir con eso, que es temporal?), mientras veía cenar a mi padre. Mi padre tiene 68 años, pero voluntariamente y con un gran esfuerzo de sedentarismo y autoflagelación se ha echado encima una docena más de propina. Es un octogenario vocacional y patético, que tuvo su buena época, según recordó mi hermano Rober en un aparte a mi hermana Su, desquiciada a los postres. Ella no conoció la buena época de aquel soldador de submarinos, un artista del soplete, joder. No, ella solo ha conocido al ludópata, jugador de póquer, bacarrá y bingo, amargado, egoísta y tirano al que nadie hace caso porque en el fondo siempre quiso que le quisieran. Un patriarca, vamos. Padrecito, a tus pies nos postramos, rindiendo pleitesía... ¿Nos dejas las llaves del coche? No faltaba más, queridos súbditos. Mi padre dice con un hilito de voz que quiere morirse, pero le tiene tanto pánico a la muerte que roza la hipocondría. Es jodido eso. No la afrontará con dignidad, seguramente. Pero quizá le subestimo. Mi padre reclamaba la atención anoche, durante la cena. ¡Atención, miradme!, parecía decir con cada gesto que hacía, cada mueca de dolor sobreactuado, cada ensimismamiento con la cuchara suspendida. Rober y yo hemos aprendido a no mirarlo. Susana no. Mi padre se sonaba los mocos a cámara lenta, expeliendo un hilito de aire delgadísimo que apenas mancha el pañuelo. Piffffffff... Hace varias semanas, mi padre se dio un golpe en la cabeza y puede que la diabetes o puede que algo malo impiden su cicatrización y ahora el chichón ha evolucionado hacia algo tumefacto y enorme, una mancha oscurísima y densa, como la de Gorbachov, pero más grande, negra y compacta. Y da miedo. Mi padre también tiene un cáncer de próstata inoperable, aunque el urólogo me dijo que seguramente no se moriría de eso. No se lo hemos contado a mi padre, lo del cáncer, porque se pondría a llorar como un niño. Y a mí eso me rompe los esquemas. Menudo soy yo. Tengo el umbral de la vergüenza ajena muy sensible... Él piensa que es prostatitis. Y emplea los días en mear delgados hilitos de pis flojo, clarete (durante meses creímos que lo hacía a posta, lo de mearse donde le venía en gana, en la cama, en el sofá, quizá lo haga a posta después de todo, pero ahora la duda está ahí), además de ir al bingo y ver documentales. Mi padre seguramente se morirá este año, o el que viene. Tiene muchas ganas y mucho miedo. Susana, como es la pequeña, solo ha conocido su mala época. La época cruda. Es una lástima. En fin, que espoleado por lo que me escribiste miro con crudeza a mi padre. Por lo menos lo estoy mirando. No durante la cena. Durante la cena fui incapaz. Pero lo miro ahora, cerrando los ojos mientras escribo, y me preparo para que no me duela. Porque yo no dejo que me duelan las cosas, tú me lo dijiste. Mi padre, una vez, robó en el astillero un acero malísimo y lleno de nudos con el que estaban construyendo un submarino que nunca terminaron porque se hubiera ido a pique. Los obreros del astillero eran así de mal mandados. Lo sacaba en unas alforjas que colocó en la Vespa. Estaba compinchado con uno de los guardas de la Bazán. Fabricó sartenes con aquel acero de contrabando y las vendió en el mercadillo de la plaza del Lago los domingos por la mañana. Eran sartenes muy pesadas, algo toscas, a las que costaba calentarse, poco económicas en apariencia porque había que gastar mucho butano, pero una vez atrapaban el calor ya no lo soltaban. Ganó una pasta con aquellas sartenes que se fundió al póquer. Y quizá nos compró una bici o una pelota de reglamento, también. Ahora no me acuerdo. Yo fui feliz en mi infancia. Pero desde luego no vendió las sartenes para comprarnos bicis ni pelotas. Mi madre frió en una de aquellas sartenes costillejas, longanizas y morcillas sin fin. Toda una infancia de grasientas frituras. Crudeza. Adornitos. Me hablas de adornitos. Joder, necesito esos adornitos. Los necesito como el comer. Porque la vida es muy, muy cruda. Y lo sabes. Y sé que lo sabes.