Esta mañana, corriendo por el monte con Goran, me venían a la cabeza ideas efímeras, sin apenas sustancia, fragilísimas. Me suele pasar cuando voy paseando o corriendo. Como a todo el mundo, supongo. No llevaba encima un cuaderno para anotarlas y sé que se me hubieran olvidado si espero para llegar a casa y meterme en la ducha, de tan evanescentes. Da la casualidad de que Manoli aprovechó que me fui a Finlandia para cambiarme a traición el pedrusco que llevaba de móvil por uno más moderno. Y he descubierto (¡oh!) que graba la voz y que la puedo mandar vía correo electrónico como archivo de audio. Así que cada vez que se me ocurría una chorrada, sacaba el móvil y la grababa.

La primera es un apunte para un poema. Habla del final de las cosas que importan, de que el verdadero final no es un impacto, una mala noticia, una separación... El verdadero final es algo mucho menos llamativo. Un proceso largo, natural, sin pirotecnia (por lo menos en su ultimísima etapa), en el que la tristeza se va agotando. Y quien dice tristeza dice cualquier sentimiento. Lo que fue se vacía, se extingue lentamente hasta dejar de ser. Hasta dejar de importar. Es difícil llegar a ese estado en el que algo o alguien nos deja de importar, pero a veces sucede. Hablo de eso (muy sucintamente) con palabras entrecortadas porque acabo de subir una cuesta de unos 500 metros a toda hostia y estoy en deuda de oxígeno y con el corazón a 130 pulsaciones.

La segunda habla de las personas que nos influyen.

La tercera es una idea para un cuento.


Añadido después de oírlas
. Vaya, además de la entonación de iluminado que me gasto, no se entienden un pijo. Entre que vocalizo perezosamente, el viento, la respiración que me falta y la conversión de archivo de sonido Nokia a mp3, no me cosco ni yo. Me pasa igual que con mi caligrafía cuando tomo notas durante una entrevista. Su legibilidad caduca rápidamente y debo transcribirlas pronto al ordenador, a riesgo, si no lo hago mientras están frescas en mi memoria, de tener que inventármelas (recrearlas, dicho piadosamente). Transcribo pues aquí mis propias palabras, en un ejercicio de histrionismo vanidoso y autorreferencial que ya ni siquiera me sorprende, pues de un tiempo a esta parte hasta me hago fotos en bolas.

Final. Apunte para un poema. El final, el verdadero final de algo, sea una relación, sea una vida, no es algo dramático, súbito. Incluso un accidente de tráfico. Un accidente solo es el principio de un duelo. El verdadero final es una extinción que se demora... hasta dejar de ser.

Oráculos. Yo tengo mis oráculos. Todo el mundo los tiene, pero yo no los he elegido. Por eso no corro el riesgo de que me digan lo que quiero oír.

Salvación. Idea para un cuento. Él no se lo ha dicho, probablemente nunca se lo diga, pero se ha propuesto salvarla con la distraída dedicación del que tacha un recado en la agenda.