El sábado me crucé con L., picoleto de atestados, al que conozco desde la época en que curré en sucesos. Prehistoria de mi vida. L. es un tipo sosegado, eficaz, serio (más que por las condiciones de su carácter, por las vicisitudes de su trabajo). Lo vi muy desmejorado, un deterioro evidente que no se correspondía con los estragos de la edad. No quise preguntarle, pero él intuyó mi interés y mi prudencia, y me dijo que estaba de baja por depresión. Yo hubiera bromeado. Le hubiera dicho que todo dios está de baja por depresión, o lo ha estado, o lo estará, forma parte del currículum de cualquier español. Pero le vi apurado, sobrepasado, y L. es un tipo serio, ya lo he dicho. Le he visto muchas veces llegar al lugar del siniestro con su ruedecita de medir las huellas de las frenadas y su perspicacia para dirimir responsabilidades a las que se agarrarán las compañías de seguros, si les conviene. Así que me limité a darle ánimos escuetamente. ¿Qué otra cosa podía hacer? Cuando ya nos despedíamos, me dijo que él ha visto accidentes de todos los colores, que lleva veinte años viéndolos. "Yo podía haber estado otros veinte años haciendo lo mismo. Es un trabajo. Sé desconectar. Pero de un tiempo a esta parte, cuatro o cinco años más o menos, hay algo que me hunde, que me deja chafado, que temo, sobre todo cuando hay fallecidos. Escuchar los teléfonos móviles sonando dentro de un coche accidentado o en el bolsillo del alguien que no va a responder. Eso me puede. Me ha podido, Carlos. Y lo peor es cuando son los politonos ésos de mierda. El reggaeton, el Cuñao, el himno del Barça, el Koala, el Por qué no te callas, el Chiquito de la Calzada, no puedo, no puedo..."