No tenía ni idea de que Kapuscinsky escribió poesía. Pero no me sorprende. Uno de los grandes periodistas, de los que permanecían en los lugares cuando ya no eran noticia, para así poder contarnos la verdad más allá de los titulares y la urgencia; su verdad; una verdad incompleta, subjetiva y fragmentaria, y si me apuras hasta equivocada en ocasiones, pero honrada. Sin duda la poesía afila los ojos. Y con los ojos bien abiertos somos más compasivos con los que merecen nuestra compasión. Y más severos con los que merecen severidad. Y, además, de alguna forma misteriosa, la poesía es capaz de convertir algo tan perecedero como una noticia en otra cosa, no sé en qué, pero en algo que, profundamente enraizado en el tiempo, en su época, se independiza del tiempo y trasciende su época. Pienso en los Despachos de guerra de Michael Herr. Nadie ha contado la guerra de Vietnam como Herr. Contándola bien, con honradez y ojos afilados (bueno, y con las pupilas dilatadas también, en su caso, porque era tan fumeta como cualquiera de los marines con los que vive y a los que retrata), no solo cuenta Vietnam, cuenta todas las guerras; del mismo modo que Kapuscinsky contó en El Sha todas las revoluciones, sublimadas en la revolución iraní. No se debería pedir otra cosa a un periodista, salvo honradez y ojos afilados. ¡Qué difícil!

Un hombre mayor
levanta un dedo
que ha mojado con la lengua

mira de dónde sopla el viento
después se sitúa
según la dirección del aire
y sale volando

no muy alto
no muy lejos

Ryszard Kapuscinsky | Vía: Papel en blanco