Victor sabía que le faltaba ambición, pero también sabía que habla otras cosas en el mundo aparte de la música. Tantas, en realidad, que a menudo se sentía abrumado por ellas. Como era de esa clase de personas que siempre están soñando con hacer otra cosa mientras están ocupadas, no podía sentarse a practicar una pieza sin detenerse a resolver mentalmente un problema de ajedrez, no podía jugar al ajedrez sin pensar en los fracasos de los Chicago Cubs, no podía ir al estadio de béisbol sin acordarse de un personaje secundario de Shakespeare, y luego, cuando al fin volvía a casa, no podía sentarse con un libro más de veinte minutos sin sentir la urgente necesidad de tocar el clarinete. Por lo tanto, dondequiera que estuviese y adondequiera que fuera, dejaba tras de sí un desordenado rastro de malas jugadas de ajedrez, marcadores con resultados provisionales y libros a medio leer.

Paul Auster, El Palacio de la Luna

Leído (releído, en realidad; rereleído, para ser más precisos, en la playa de las Mil Palmeras), rodeado por las hordas, después de nadar y antes de zamparme un bocadillo de pan con tomate, aceite y jamón, y un puñado de picotas.