Documentándome para un reportaje sobre pinturas rupestres, leo que Pedro Picapiedra y Pablo Mármol las pasaban putas, y no solo por el biruji que hacía en la Edad del Hielo. Tenían yuyu. Mucho.

A lo largo del 99 por ciento de su existencia, el ser humano ha vivido una prolongada etapa de cazador, de la que empezó a salir hace menos de diez mil años, para entrar en la del pastoreo y la agricultura del Neolítico. En aquella prolongadísima fase de existencia de nuestra especie, el hombre vivió muy precariamente, enfrentado a bestias temibles y padeciendo una inseguridad angustiosa. La profunda huella emocional generada en aquel dilatado periodo ha pervivido filogenéticamente hasta el actual ciudadano de la era postindustrial, convirtiéndole en presa fácil de angustias y zozobras psíquicas. Así, los niños pequeños tienen miedo a la oscuridad, aun sin haber padecido ninguna experiencia punitiva asociada a ella, como herencia filogenética de la inseguridad y desprotección del hombre primitivo en la noche y en un entorno de alto riesgo.

Román Gubern, El eros electrónico

Así pues, hemos heredado de nuestros yayos cromañones el miedo a la oscuridad, el miedo a estar solos, la inseguridad vital, el primer estrés, no tanto a no tener nada qua echarnos al estómago, sino a acabar en el estómago de algún tiranosaurio.

Me pregunto si cuando se dormían nuestros tatarabuelos de la Edad de Piedra, no era en realidad una claudicación. Una rendición en toda regla. Aquí cierro los ojos, me desconecto de este mundo cruel, me da igual lo que me pase. Bestias, comedme si os da la gana, que yo no estoy. Me pregunto si el sueño comenzó siendo menos un mecanismo de descanso que de huida. Si lo inventaron para evadirse de la realidad. Si para ellos era una faena, una verdadera putada, despertarse.