En Reikiavik, Carrión y servidor conocimos a Vicky el Vikingo, entrado en años y kilos, pero era él. El auténtico. Y nos invitó a su casa. Y bebimos cerveza. Y hubimos de disuadirlo para que no posara en el retrato para el reportaje sobre la crisis vestido de vikingo, que eso no era serio, joder, pero nos sacó el casco (sin cuernos), la lanza, el peto, la cota. Y nos explicó cómo luchaban los vikingos. Cómo eran sus dioses. Y cómo será el Walhalla. Y nos habló de ovnis y Nostradamus. De sus años en California, de su pasado como ex policía y como guardaespaldas de Gorbachov. Y sus pinitos como extra de cine en una peli de Eastwood sobre la batalla de Iwo Jima. Y de montañas sagradas. Y del hombre más fuerte del mundo, su abuelo, forzudo de circo, que participó en los Juegos Olímpicos de Berlín en 1936. Y se quejó de sus matrimonios y sus divorcios con dos mujeres rusas y nos preguntó si las españolas tenían menos mala leche. Y nos presentó a sus dos hijas, que viven con él. Y lo pasamos de puta madre.